Modas y Tecnologías del Yo: La decepción ante la supuesta utopía de los gigantes tecnológicos

Agradecemos este artículo de El País de España, que nos plantea una visión crítica a algunos de los modelos que operan en la imaginación organizacional y en el sí mismo laboral de millones de trabajadores. Estos modelos, traccionados por gigantes como Google, Apple o Microsoft, son ampliamente difundidos como la mejor manera de hacer las cosas, cuando no como organizaciones que prometen la realización profesional y personal como un todo ligado a la comodidad en el trabajo y la felicidad personal, solamente no destacan lo que sí aparece en este artículo de Noelia Ramírez que les invito a leer.

Historias de Acoso, Fiestas y Megalomanía a la vez que esquemas bàsicos y simplistas sobre el éxito profesional componen un caldo de cultivo que genera frustración, enfermedad y exclusión, a la vez que fomenta las brechas más conservadoras existentes tras un manto de lo “políticamente correcto”

Nunca más me permitiré amar un trabajo: Anna Wiener y otras renegadas de Silicon Valley alzan la voz

Un grupo de escritoras lidera la rebelión contra la supuesta utopía de progreso en la cultura laboral fomentada desde los gigantes tecnológicos. Una revolución que ha exportado y estandarizado un imaginario de falsos ideales, misoginia y jornadas eternas que anulan la vida privada.

NOELIA RAMÍREZ | 15 MAY 2021 18:50

Opinión La Silla Rota ar Twitter: “🌐 De acuerdo con información pública de la #ONU, existen en el mundo diversos datos que muestran una gran desigualdad entre los hombres y las mujeres.

Me estaba vendiendo. En realidad no prestaba atención: quienes entendían mejor nuestro momento cultural ya veían que venderse –los cargos, las sociedades, los patrocinios– pronto se convertiría en la gran aspiración de nuestra generación, en la mejor forma que te pagaran
Anna Wiener, Valle inquietante

 

 

«¿Cuántas pelotas de ping pong caben en un avión?». «¿Cuántos metros cuadrados de pizza se comen anualmente en EE UU?». Más que una selección de personal eficiente, en Silicon Valley las entrevistas de trabajo son como una novatada ritual repleta de preguntas tramposas e infantiles. Las de Anna Wiener, una ex correctora de estilo graduada en Sociología que llegó en 2013 a San Francisco harta de no llegar a fin de mes y de beber para quejarse por un futuro sin certezas en el mundo editorial de Nueva York, no fueron la excepción: «¿Cómo calcularías cuánta gente trabaja para el Servicio de Correos de Estados Unidos?». «¿Cómo le describirías internet a un granjero medieval?». Aquellas dudas poco tenían que ver con el puesto de atención al cliente en un app de análisis de datos por el que se postulaba y por el que pagaban 65.000 dólares iniciales –más del doble de lo que ganaba como freelance editora–, pero Anna se hizo con el trabajo y no fue, precisamente, por el ingenio de sus respuestas. Simplemente sacó un 10 en un examen de ingreso a Derecho que le pasó el cofundador de la app en su entrevista. A los jefes les hizo gracia que lo contestara todo bien. Otra novatada más.

«En la historia de cómo entré en el sector saltaba a la vista un defecto de carácter mío: siempre había respondido bien a que me trataran mal», escribe Wiener en Valle Inquietante, las memorias de sus cuatro años como trabajadora en la bahía tecnológica que edita ahora Libros del Asteroide con traducción de Javier Calvo. Un interesantísimo tomo que sirve como manual para no iniciados en la brotopia de San Francisco –así se conoce popularmente a la utopía masculina, libertaria y eminentemente misógina de Silicon Valley–, para desmontar el mito del emprendedor en el garaje y entender cómo unos críos recién salidos de universidades de élite aquejados por la fiebre del oro tecnológico y sin haber trabajado en su vida han conseguido en pocos años arruinar la cultura laboral tal y como lo conocíamos. Jefes que aspiran a hacerse asquerosamente ricos lo más rápido posible, con inversiones millonarias e inyecciones de capital a los 22 años. CEOs que predican que hay que «Entregarse a la Causa» –sí, en mayúsculas–, que animan a sus empleados a leer manuales bélicos, que predican que su enemigo es «la complacencia», que urgen a sus empleados a «apropiarse de las cosas» y a tener como mantra «Es mejor pedir perdón que tener que pedir permiso». Jóvenes enfermos de ambición cuya carrera nunca se verá entorpecida pese a hacer quebrar apps inútiles una y otra vez y tener que «pivotar» hacia nuevas ideas –léase pivotar como eufemismo de fracaso–. Críos que juegan a ser dioses y que nunca correrán ningún peligro porque, como comprueba la autora una y otra vez, «su comunidad siempre será la comunidad empresarial».

Wiener, que dejó el negocio y ahora escribe sobre tecnología para el New Yorker, retrata a una cultura grandilocuente huérfana de comités de empresa o genealogía sindical donde se ejecutan «las técnicas de captación de las sectas» para que sus contratados se olviden de su vida personal. Oficinas diáfanas en las que se mantiene el silencio mientras todos chatean tecleando jajas desde su ordenador. Empleados a los que la compañía mima con cuentapasos de regalo porque «los trabajadores en buena forma eran los más felices y los que menos dinero costaba asegurar». Espacios con neveras a rebosar de alimentos calóricos de gratificación instantánea y de bebidas energéticas para rendir más. En un mundo en el que ya no se habla de fábricas, sino de «parques tecnológicos» para ludificar y envolver de falsa jovialidad a la experiencia laboral, poco importa cuántos cadáveres de trabajadores se quedan por el camino en ese rastro de revoluciones fallidas. Esos jefes que apuestan por producir sufrimiento sobre su equipo como incentivo de la productividad siempre podrán recurrir a otro inversor para montar otra app más que cambiará el mundo y reclutar a nuevos aspirantes a genio preguntándoles sin sonrojarse: «Si fueras un superhéroe, ¿cuál sería tu superpoder?».

Cuáles son las causas de la desigualdad de género? - La Mente es Maravillosa

En ese mundo en el que las empresas no quiebran, se mueren y en el que no se compite porque se está perpetuamente «en estado de guerra», Wiener aplica una mirada de forastera fascinada en un principio por la «masculinidad heterosexual, insulsa y reprimida» que domina la industria. «Hablar de negocios era, para los hombres, hablar de sus sentimientos», escribe. En un libro dividido en dos partes (Incentivos y Escala), la autora pasa de una admiración inicial por la ambición de esos «hombres que mantenían relaciones sentimentales estables con mujeres hiperproductivas, mujeres de pelo espléndido con quienes hacían ejercicio y compartían comidas en restaurantes que requerían reserva» a un descrédito y desafección. De querer encajar en una oficina en la que solo hay tres mujeres más, de imitar sus estilos musicales («escuchaba EDM y me procuraba delirios de grandeza: la música del ajetreo las veinticuatro horas, la música de venderse con orgullo, ¿era así como se sentía un hombre?»), de copiar ese peculiar estilo montañero, ese afán por vestirse como para escalar Everest con forros polares y botas australianas pese a pasarse el día sentado frente a una pantalla… a convertirse en la «feminista aguafiestas» del lugar. «El sexismo, la misoginia y la cosificación no definían el lugar de trabajo, pero estaban en todas partes», apunta en un texto donde describe varias episodios de acoso sobre ella y otras compañeras. «Cuando entendía mejor el interés que había en la industria por promocionar  a las mujeres dentro del sector tecnológico –si no en la jerarquía, sí al menos en los materiales de marketing de la empresa– me permití pensar que quizás yo fuera más importante por razones estéticas que por resultar crucial por el negocio», escribe sobre su primer trabajo, la app que se vendió como el «Netflix para libros» (Oyster) en la que era la única trabajadora y que, como otra más, terminó fracasando.

«Aprendí por las malas que ninguna empresa que cotiza en bolsa es tu familia»

«Quizá nunca fuimos una familia. Sabíamos que nunca habíamos sido una familia», escribe Wiener sobre la actitud pasivo agresiva de su CEO –que acabaría dejándolo todo, quemado por el trabajo– y la frustración que ella y sus compañeros sintieron frente al primer despido presenciado en la app de análisis de datos. Ese conato de desengaño amoroso generacional frente a una cultura empresarial tardocapitalista que siempre acaba exponiendo su única preocupación –el rendimiento– es el mismo que se llevó Emi Nietfeld, una ex-ingienera de Google que en 2022 publicará en Penguin Press Acceptance, unas cotizadas memorias sobre su paso por el buscador y cómo sufrió un caso de acoso sexual que la empresa trató de silenciar.

«Me tragué por completo el sueño de Google. Encontré una familia sustituta. Entre semana, comía y cenaba en la oficina. Iba al médico de Google y al gimnasio de Google. Mis colegas y yo nos juntábamos en casas de Airbnb en los viajes de trabajo, jugábamos al voleibol en Maui después del gran lanzamiento de un producto y pasábamos los fines de semana juntos. Mi jefe era como el padre que me habría gustado tener», escribió recientemente en una columna viral en The New York Times donde narró como el supuesto jardín del Edén laboral se convirtió en un infierno tras presentar una queja de acoso de un superior técnico que llevaba sufriendo desde hacía más de un año. «Google pasó de ser un lugar de trabajo genial a ser cualquier otra empresa: primero, se protegió a sí misma. Había estructurado mi vida alrededor del trabajo –justo lo que querían que hiciera–, pero eso solo empeoró los efectos secundarios cuando me enteré de que el lugar que tanto valoraba me consideraba tan solo un empleado, uno de muchos y uno de usar y tirar».

Mujeres y tecnología: retos y oportunidades para crear valor en el mundo digital - Granada Empresas

De qué servían las cápsulas para tomar siestas o las sillas de masajes si su empresa ni siquiera supo reaccionar y la siguió exponiendo al peligro manteniéndola sentada junto a su acosador. Y no solo pasó con ella. «Cada vez que pedía información sobre el avance de mi queja y expresaba mi incomodidad de tener que seguir trabajando cerca de mi acosador, los investigadores decían que podía recurrir a terapia, trabajar desde casa o irme. Luego supe que Google les dio respuestas similares a otras empleadas que denunciaron racismo o sexismo. A Claire Stapleton, una de las organizadoras del paro de 2018, le sugirieron que se fuera, y a Timnit Gebru, una investigadora principal en el equipo de Google para la ética en la inteligencia artificial, le sugirieron que buscara atención para su salud mental antes de obligarla a renunciar». Aunque la investigación interna comprobó que su acosador había violado el código de conducta y la política en contra del acoso, no le movieron de su silla. Nietfeld acabó deprimida, pidiendo una baja de tres meses y viendo peligrar su puesto y su posibles ascensos por no mostrarse al mismo ritmo de eficiencia que tenía en el pasado. Volvió, hizo entrevistas en otras compañías tecnológicas y acabó renunciando a trabajar en Google. «Después de irme, me prometí nunca amar de nuevo un trabajo. No como amé a Google. No con la devoción que esperan inspirar los negocios cuando les brindan las necesidades más básicas a sus empleados, como comida, atención médica y sentido de pertenencia. Ninguna empresa que cotice en bolsa es una familia. Me tragué la fantasía de que podía serlo», escribe la ingeniera.

No ha trabajado en ninguna app convencida de llevar a la humanidad al siguiente nivel, pero la artista multidisciplinar y docente de Stanford Jenny Odell, que se crió en los 2000 en Cupertino, sede emblemática de Apple («un lugar sin rasgos»), da clases a futuros emprendedores y es otra de las voces que también pone en duda la tiranía de la eficiencia heredada de una cultura laboral que ha arrasado y gentrificado a la bahía de San Francisco. Lo hace en Cómo no hacer nada: resistir a la economía de la atención, editado recientemente por Ariel, y donde carga contra los retiros detox de las empresas («una especie de truco para aumentar nuestra productividad a nuestro regreso al trabajo») y la deriva megalomána y libertaria de los líderes de la transformación tecnológica. Empresarios que han convertido festivales antiguamente hedonistas como el Burning Man en un evento informal de contactos empresariales, un networking donde jóvenes colocados se reúnen con el único objetivo de capitalizar sus ideas.

Odell rescata en su texto delirios de grandilocuencia y egoísmo como cuando los anarcocapitalistas Wayne Gramlich y Patri Friedman –nieto del economista Milton Friedman– fundaron el instituto Seasteading, una organización que quiere montar ciudades flotantes en aguas internacionales para librarse del peso de los Gobiernos. Uno de sus primeros inversores fue Peter Thiel, millmillonario de Silicon Valley, fundador de PayPal, el hombre que destruyó Gawker por un artículo en el que se insinuaba que era gay, fanático de Ayn Rand, que en el ensayo La educación de un libertario afirmó que “la democracia y la libertad son incompatibles”. Los herederos que se creen los nuevos pioneros del Destino Manifiesto y el mito de la frontera son los mismos que han tergiversado la noción del trabajo apoyándose en la falsa creencia de la superación, el mérito y hipereficiencia personal.

Ese descontento y rechazo generacional a una cultura misógina y tóxica que se ha replicado globalmente a través del capitalismo de plataformas se expresa en estos tres títulos, pero también comienza a cristalizarse en las propias empresas. Business Insider informaba hace unos días de que la empresa de diseño web Basecamp ha perdido un tercio de sus empleados tras la polémica decisión de prohibir la discusión política en las plataformas internas de la empresa, algo que también ha ocurrido recientemente en la plataforma de criptomonedas Coinbase. Si a esto le sumamos el afán sindicalista que se está expandiendo en Amazon o en Google con el estreno de Alphabet Workers Union, el primer sindicato en una de las grandes tecnológicas estadounidenses de internet, algo está cambiando en el epicentro del neoliberalismo laboral. A algunas, como Nietfild, le pilla ya con la guardia en alto, tal y como defiende en su ensayo personal: «He aceptado un puesto en una firma con la que no tengo ningún vínculo emocional. Cuando la gente me pregunta cómo me siento en mi nuevo puesto, me encojo de hombros: es solo un trabajo».

Artículo actualizado el 16 mayo, 2021 | 14:49 h

Modas y tecnologías del YO: Critica a la inteligencia emocional de Goleman

La política represiva de la inteligencia emocional

El éxito de taquilla de la psicología pop de Daniel Goleman, que ahora tiene veinticinco años, convirtió el autocontrol en una herramienta de gestión empresarial.

Por Merve Emre, 2021

Agradecemos a The Newyorker por este articulo, publicado en la edición impresa del número del 19 de abril de 2021 , con el título “La política del sentimiento”.

Merve Emre , profesora asociada de inglés en la Universidad de Oxford, publicará ” The Annotated Mrs. Dalloway ” en agosto de 2021.

Inteligencia emocional: un constructo viral y controversial para la  comunidad científica | Psyciencia

El best-seller de Daniel Goleman nos dice mucho sobre la época en que fue escrito. 

Mis padres no solían preocuparse por mi educación moral, pero, cuando lo hacían, la sabiduría o las advertencias que tenían que impartir iban acompañadas de libros, por lo general best-sellers de psicología pop. Dos se destacan en mi memoria: “ Reviviendo a Ofelia: Salvando a las niñas adolescentes ”, de Mary Pipher, e “ Inteligencia emocional ”, de Daniel Goleman.

El primero lo leí con gran satisfacción. Ninguna de mis transgresiones fue tan alarmante o excitante como lo que describió Pipher —sin drogas, sin viajes clandestinos al gabinete de licores de la familia, sin una hosca aplicación de esmalte de uñas— así que sus historias de mal comportamiento me dejaron sintiéndome excitada y engreída. El segundo libro lo dejé a un lado, ya que sospechaba que lo había comprado para señalar mis defectos más comunes. Yo era un “adolescente enojada”, con una lengua muy afilada y una reserva espinosa: la armadura que creía que una chica con un nombre gracioso, nacida en un país extranjero, necesitaba para pasar los días escolares en los suburbios estadounidenses. La “inteligencia emocional” no habría permitido tales excusas. “Cualquiera puede enojarse, eso es fácil”, proclama Aristóteles en el epígrafe del libro, sonando, en este contexto, muy parecido a mi maestro de salud de la escuela secundaria. “Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado correcto, en el momento correcto, con el propósito correcto y de la manera correcta, no es fácil”. No tenía ningún interés en un libro que impulsara la autoreforma. Sentí que no era yo quien necesitaba una reforma, sino algo más, aunque no podría haber dicho qué.

Este invierno, finalmente leí “Inteligencia emocional”, en su edición del vigésimo quinto aniversario (Bantam). En el último cuarto de siglo, el libro, que promete enseñar a sus lectores qué son las emociones y cómo desarrollar la “alfabetización emocional” necesaria para “controlar y canalizar los impulsos”, ha vendido más de cinco millones de copias en todo el mundo. Esta cifra incluye la primera edición, en cuarenta idiomas, y una tapa dura y rústica del décimo aniversario. No incluye el audiolibro, el libro electrónico ni la serie de libros de trabajo y cartillas de Goleman que lo acompañan; o ” Emotional Intelligence Ultimate” de Harvard Business Review” Caja, una hermosa colección de catorce libros con títulos como“ Empatía ”,“ Liderazgo auténtico ”,“ Resiliencia ”y“ Atención plena ”; o innumerables libros derivados, algunos de Goleman, otros de analistas de políticas o asesores de vida y dirigidos a más segmentos demográficos, incluidos ” Inteligencia emocional para mujeres “, ” Inteligencia emocional para el cumplimiento de la ley, educación, administración y liderazgo “, ” Inteligencia emocional para Triatletas y nadadores ”,“ Ninja emocionalmente inteligente ”(para niños de entre tres y once años).

La cifra tampoco refleja una gama diversa de evaluaciones de inteligencia emocional, la principal de las cuales es el Inventario de competencia emocional y social de Goleman, una “encuesta de 360 ​​grados” con un precio de doscientos noventa y cinco dólares. Compre la encuesta y un equipo de consultores distribuirá un cuestionario de sesenta y ocho ítems a sus colegas, gerentes, pares y clientes. En una escala del 1 (“Nunca”) al 5 (“Constantemente”), se les pedirá que califiquen con qué frecuencia puede describir el efecto de sus sentimientos en sus acciones, con qué frecuencia pierde la compostura bajo estrés y cómo a menudo ves el futuro con esperanza. Sus respuestas, junto con su autoevaluación, determinarán si su desempeño emocional en el trabajo es “sobresaliente” o simplemente “promedio” y, por lo tanto, necesita corrección.

La inteligencia emocional a menudo se enmarca como un recurso sin explotar, la contraparte inactiva del coeficiente intelectual (que Goleman trata como una medida evidentemente válida de inteligencia bruta). A diferencia de una prueba de coeficiente intelectual, la evaluación de Goleman no produce un número representado en una curva estandarizada, sino un “perfil de competencia” individual extenso. Los gráficos de barras en tonos de azul muestran las fortalezas y debilidades relativas de una persona en cuatro dimensiones clave de conducta: autoconciencia, conciencia social, autogestión y gestión de relaciones. No está claro cómo se utilizarán los resultados, aunque, si se le presiona, cualquier consultor de personal bien capacitado le aseguraría que son un primer paso necesario hacia la superación personal. Como dice el viejo adagio de la administración, “si no se puede medir, no se puede mejorar”.

crítica constructuva — Blog de psicologia — Grupo Crece

En la introducción a la edición del vigésimo quinto aniversario, Goleman explica que el término “inteligencia emocional” fue propuesto por primera vez por “Peter Salovey, entonces profesor junior en Yale, y uno de sus estudiantes de posgrado, John D. Mayer, en un revista de psicología oscura (y ahora extinta) “. La revista, imaginación, cognición y personalidad, de hecho, todavía existe, y Salovey y Mayer se han convertido, respectivamente, en presidente de Yale y profesor de psicología en la Universidad de New Hampshire. Es revelador ver cuánto extrajo Goleman del artículo original y con qué fidelidad. Para Salovey y Mayer, la inteligencia emocional era “la capacidad de controlar los sentimientos y emociones propios y de los demás” y “discriminar entre ellos” hablando un metalenguaje de emociones. Su interés estaba en cómo las personas hablaban sobre las emociones y cómo estaban condicionadas a hablar sobre ellas: sus familias, sus lugares de trabajo, la profesión psiquiátrica y otras instituciones sociales. Estas instituciones cultivaron un discurso de la emoción en el que las personas adquirieron fluidez durante toda la vida.

El sociólogo Erving Goffman, en “ La presentación del yo en la vida cotidiana”(1956), describió esta fluidez como esencial para“ las artes del manejo de impresiones ”, las técnicas mediante las cuales las personas calibran su autocomportamiento según las reglas de las interacciones sociales organizadas ritualmente. En su análisis de cómo se regulan los encuentros sociales, Goffman escribió que a un individuo “se le enseña a ser perceptivo, a tener sentimientos apegados a sí mismo y a expresarse a través del rostro, a tener orgullo, honor y dignidad, a tener consideración, a tener tacto y cierta dosis de aplomo “. La idea de inteligencia emocional de Salovey y Mayer emplea los recursos de la psicología cognitiva y del comportamiento para construir sobre las ideas de Goffman, en el tono mesurado de los investigadores serios. También lo hace el trabajo de los psicólogos académicos que han inspirado.

Si bien es cierto, como escribe Goleman en la introducción, que su libro “hizo famoso el concepto”, también lo convirtió en un arte prescriptivo de administración. Armado con la charla de cócteles de disciplinas más glamorosas (los circuitos excitables de la neurobiología, las teorías de la sintonía del psicoanálisis) y con citas conmovedoras de la gran literatura, transformó la inteligencia emocional de un término especializado en una cartelera de marquesina, capaz de atraer a tantos lectores como problemas personales en el mundo.

La versión de Goleman del concepto demuestra ser infinitamente adaptable. A veces, como en su discusión sobre los logros académicos y profesionales “notables” de los asiático-americanos, la inteligencia emocional indica cómo “una fuerte ética cultural del trabajo se traduce en una mayor motivación, celo y persistencia, una ventaja emocional”. En otras ocasiones, como en su discusión sobre la capacidad de concentración, la inteligencia emocional es “fluir”, lo suficientemente evidente cuando uno está escribiendo con feroz absorción o golpeando el piano o meditando, pero “quizás se captura mejor al hacer el amor extático, la fusión de dos en uno fluidamente armonioso “. (Para aquellos que no pueden lograr fluir, al hacer el amor o de otra manera, un “microflujo más suave” puede ser un objetivo más manejable). En un capítulo, la inteligencia emocional es el rechazo a revolcarse en la propia tristeza y abrazar, en cambio, El poder del pensamiento positivo.” En otro, sobre la diversidad en el lugar de trabajo, la inteligencia emocional permite a las empresas “apreciar a las personas de diversas culturas (y mercados), pero también convertir esa apreciación en una ventaja competitiva”. Y en la sección final del libro, que insiste en la importancia de la inteligencia emocional en la educación de la primera infancia, se convierte en el “fundamento de las sociedades democráticas” y el cimiento de “la vida virtuosa”.

La introducción a la edición de aniversario es la única actualización significativa de “Inteligencia emocional”. Leer el libro hoy es desenterrar una cápsula del tiempo, pulida hasta un brillo fino, y recordar una época en la que un periodista como Goleman aún podía hablar con optimismo sin problemas sobre el poder del autocontrol y la compasión para superar “una avalancha de mezquindades -impulso enérgico corriendo fuera de control. ” Lo que algunos han llamado “los largos años noventa” fue una época en la que las conversaciones sobre respetabilidad y valores familiares, el fin de la historia y el triunfo de la democracia liberal eran ascendentes. Para Goleman, sin embargo, la promesa de Estados Unidos al final de la Guerra Fría se vio amenazada por “la ineptitud emocional, la desesperación y la imprudencia”, cuya evidencia estaba en todas las noticias de la mañana. Un niño de nueve años se había “enfurecido,” salpicando pintura en escritorios y computadoras después de que algunos compañeros lo llamaran “bebé”. Un empujón accidental había provocado un tiroteo frente a un “club de rap de Manhattan”. Los niños estaban siendo golpeados fatalmente por bloquear la televisión cuando sus padres estaban viendo su programa favorito. ¿Cómo dar “sentido a la insensatez”? Goleman se preguntó. ¿Cómo sondear “el reino de lo irracional” del que habían surgido estos comportamientos?

A esta distancia, la denuncia de Goleman de los “impulsos mezquinos” e irracionales parece una negativa a reconocer los factores sociales concretos que estaban ante sus ojos. “Todo dolor, ninguna ganancia para la mayoría de los trabajadores”, anunciaron los autores del Instituto de Política Económica en un informe de 1996, concluyendo, en un lenguaje que fue inusualmente agitado para los economistas de Washington, que, desde los años setenta, una erosión de los salarios, una pérdida de altos Los trabajos de manufactura remunerados y la mayor inseguridad laboral habían tenido un efecto catastrófico en la clase media. El dolor se había intensificado con la eliminación de los servicios sociales, e incluso los políticos progresistas estaban más preocupados por demostrar su buena fe como favorables a los negocios que por afirmar su preocupación por la clase trabajadora, los negros, los inmigrantes o las mujeres. “De espíritu mezquino” parece una palabra demasiado suave para el distintivo retiro de la época de las luchas progresistas. ¿Quién podría olvidar la golpiza de Rodney King a manos de la policía, la incredulidad de los políticos que interrogaron a Anita Hill o las sillas vacías de las mujeres a quienes el Congreso se había negado a llamar como testigos en apoyo de su testimonio?

La respuesta es Goleman, que parece tan ajeno a la injusticia social ahora como entonces. Para él, el problema es un declive de la moral y un “malestar emocional” que es el precio que hemos pagado por vivir una “vida moderna” llena de “dilemas posmodernos”. La introducción pone mucho en juego, pero el resto del libro narra formas más prosaicas de insatisfacción que resultan de la falta de inteligencia emocional: desempleo, divorcio, depresión, ansiedad, aburrimiento a la deriva. ¿Cómo afrontar las escaramuzas con sus colegas, de modo que nadie desperdicie las preciosas horas de la jornada de trabajo ensimismado o enfurruñado o elaborando correos electrónicos pasivo-agresivos o llorando en un baño? ¿Cómo pelear con su cónyuge para que nadie levante la mano o amenace con irse? “Aquellos que están a merced del impulso, que carecen de autocontrol, sufren una deficiencia moral, ”, Escribe Goleman. “La pregunta es, ¿cómo podemos llevar inteligencia a nuestras emociones y cortesía a nuestras calles y afecto a nuestra vida comunitaria?”

Poco a poco, uno ve por qué el concepto de inteligencia emocional ganó una aceptación tan amplia. No es una cualidad, ni siquiera un atributo, sino un régimen de moderación. Es una colección de prácticas —evaluación, retroalimentación, coaching, meditación— para monitorearse a sí mismo ya los demás, de una manera que une la promesa de la autorrealización total con los peligros de la privación social absoluta. A pesar de todas sus justas proclamas sobre lo que aflige al mundo moderno, sus objetivos son francamente conservadores: alentar a las personas a permanecer en la escuela, asegurar un empleo estable, comprometerse con su trabajo, tener familias y mantenerlas intactas, y criar a sus hijos. que los niños repitan este mismo ciclo de actividad productiva.

La inteligencia emocional, en otras palabras, es una doctrina de autoayuda profundamente en deuda con la ideología moralizante del neoliberalismo. La palabra “neoliberalismo”, con sus críticos y contracríticos, ahora se usa de manera tan casual que casi no tiene sentido, por lo que vale la pena volver a una definición ofrecida por Michel Foucault, uno de los primeros teóricos en discutir el término. En una serie de conferencias que pronunció en 1979, unos meses antes de que Margaret Thatcher asumiera el cargo en Gran Bretaña y un año antes de que Ronald Reagan fuera elegido presidente, Foucault describió la ideología neoliberal como la aplicación de un modelo económico a “todos los actores sociales en general en la medida en que se casa, por ejemplo, o comete un delito, o cría hijos, les da afecto y pasa tiempo con los niños ”. Cualquiera de estas acciones podría verse como que conlleva ciertos costos y beneficios, ciertos riesgos y recompensas, que, si se calculan correctamente, darían como resultado la “asignación óptima de recursos escasos para fines alternativos”. El sujeto moldeado por este modelo,Homo economicus , se comprometió a buscar la libertad personal absoluta y respondió a cualquier cambio en su entorno con un interés propio racional. Para cualquier cosa que estuviera fuera de su interés personal, permaneció “ciego”, afirmó Foucault.

Aprender a hacer y aceptar las críticas. Crítica y comunicación virtual. Inteligencia  emocional (2)

En la psicología popular, esta ceguera se eleva al primer principio del oficio, de una manera que oculta el vínculo entre lo psicológico y lo político. El método de narración preferido del género es la parábola. Un ejemplo llamativo de comportamiento humano se recorta de un artículo de periódico o de un trabajo de investigación. Despojado de los detalles sociales e históricos que podrían darle profundidad y complejidad, proporciona una lección fácilmente digerible sobre el bien y el mal o, en el caso de Goleman, asignaciones productivas e improductivas de la emoción en la “economía subterránea de la psique”.

El método siempre deja rastros y, al leer “Inteligencia emocional”, uno comienza a sentir que los ejemplos de Goleman están contando solo la mitad de la historia. Para un libro cuyo objetivo final es instar a las personas a congraciarse con sus colegas o ser un poco menos gritonas en sus matrimonios, una sorprendente cantidad de capítulos presenta historias de asesinatos caprichosos y violencia casual. Un padre, inexplicablemente armado y abrumado por su instinto evolutivo de lucha o huida, dispara a su hija cuando ella salta de un armario para asustarlo. Un adicto a la heroína en libertad condicional se vuelve “loco”, como él mismo dice más tarde, roba un apartamento y mata a dos mujeres jóvenes. Un estudiante estrella apuñala en el cuello a su profesor de física de la escuela secundaria, lo que le proporciona a Goleman una evidencia dramática de que un coeficiente intelectual alto y buenas calificaciones no determinan el éxito.

Al buscar las fuentes de Goleman, pronto se percibe un patrón en lo que se ha omitido. ¿El padre que le disparó a su hija? En ese momento, en 1994, vivía en West Monroe, Louisiana; el estado tenía la tasa más alta de pobreza en el país, y los residentes de la ciudad decían a los reporteros que ni siquiera podían visitar un centro comercial sin temor a ser asaltados en el estacionamiento. El subjefe de turno esa noche, entrevistado por Associated Press después del tiroteo, dijo que revelaba “cuán asustada está la gente en sus hogares estos días”. ¿El adicto a la heroína que mató a las dos jóvenes? El ejemplo es más antiguo, de 1963, y una historia más familiar de la que deja ver Goleman. El adicto a la heroína, que era blanco, no fue capturado durante más de un año, mientras que la policía arrestó y extrajo una confesión de un joven negro, George Whitmore, Jr .; Posteriormente, la Corte Suprema calificó el caso como el “ejemplo más notorio” de coerción policial del país. ¿Y el chico que apuñaló a su profesor de física? Era un inmigrante jamaiquino que vivía en el sur de Florida y supuestamente intentó suicidarse junto con su maestro. Un juez determinó que el niño estaba temporalmente loco debido a “su obsesión por la excelencia académica” y su convicción de que prefería morir antes que dejar de asistir a la Facultad de Medicina de Harvard. La educación superior de la élite estadounidense seguía siendo, para él, la clave que abriría la puerta a la buena vida. Un juez determinó que el niño estaba temporalmente loco debido a “su obsesión por la excelencia académica” y su convicción de que prefería morir antes que dejar de asistir a la Facultad de Medicina de Harvard. La educación superior de la élite estadounidense seguía siendo, para él, la clave que desbloquearía la buena vida. 

Empiece a colocar ciudades y fechas, para llenar los vacíos en la historia, y los diagnósticos de Goleman parecen fuera de lugar. Este defecto es inherente al género de la autoayuda, cuya premisa es que la capacidad de cambio está siempre dentro de nosotros mismos. Goleman promete mostrar a sus lectores cómo liberarse del “secuestro emocional” del cerebro mediante oleadas bioquímicas, la tendencia involuntaria del cuerpo a activar su propio “cable trampa neuronal”. Este lenguaje, con sus toques de terrorismo y allanamiento de morada, alienta a los lectores a mantenerse alerta, monitoreando continuamente sus reacciones para alinearlas con los rituales aceptados de expresión emocional.

Es una visión de la libertad personal lograda, paradójicamente, a través de la autorregulación constante. La “inteligencia emocional” imagina un mundo constituido por poco más que una serie de interacciones civiles entre empleador y empleado, marido y mujer, amigo y vecino. Las personas no están vinculadas más que, como resumió Foucault, el “instinto, el sentimiento y la simpatía” que respaldan su éxito mutuo y su “repugnancia compartida por la desgracia de los individuos” que no pueden controlar su vida interior.

El concepto de inteligencia emocional surgió cuando la economía global estaba experimentando una fuerte transformación estructural, con el declive de la manufactura y la expansión del sector de servicios en los mercados más grandes del mundo. Cualquiera que haya visitado una tienda minorista o se haya sentado en un aula sabe que el trabajo de servicio es un modo de producción organizado en torno a interacciones comunicativas. Coloca el arte de la gestión de impresiones de Goffman —la amabilidad de la voz de una vendedora, la elegancia del gesto de una maestra, el carisma de la presentación de un ejecutivo— en el corazón de la productividad. Arlie Russell Hochschild, en su libro de 1983 ” The Managed Heart, ”Acuñó el término“ trabajo emocional ”para este tipo de trabajo. “Guarderías, residencias de ancianos, hospitales, aeropuertos, tiendas, centros de llamadas, aulas, oficinas de bienestar social, consultorios dentales: en todos estos lugares de trabajo, con gusto o con desgana, con brillante o mal, los empleados realizan trabajos emocionales”, escribió. “El pobre vendedor que trabaja en una boutique de ropa de élite maneja la envidia. El corredor de bolsa de Wall Street maneja el pánico ”.

Dado que la mayor parte del trabajo de servicio no puede hacerse más eficiente con máquinas, la productividad del trabajo emocional sólo puede aumentarse alentando a los trabajadores a cultivar manifestaciones de emoción que sean más convincentes, tanto para los demás como para ellos mismos. Como señala Hochschild, “La pizca entre un sentimiento real pero desaprobado por un lado y uno idealizado por el otro” se convierte en un lastre económico. El trabajo emocional implica minimizar ese pellizco, transformando una exhibición de superficie en una profunda convicción.

Lo que apareció en Hochschild como una crítica feminista marxista de la alienación entre los trabajadores de servicios resurge en Goleman como un serio consejo sobre lo que uno debe hacer para salir adelante, o quizás simplemente para sobrevivir. Al convertir el “trabajo emocional” en “inteligencia emocional”, Goleman reemplaza la relación social concreta entre una empleada y su empleador por una vaga aptitud individual. El vendedor inflexible y envidioso de Hochschild reaparece en el libro de Goleman, ahora adaptado para sus propósitos. Se ha vuelto irritable y deprimida. “Sus ventas luego disminuyen, haciéndola sentir como un fracaso, lo que alimenta su depresión”, explica Goleman. Su solución propuesta es más trabajo, mejor trabajo, más trabajo entusiasta, primero como una distracción superficial, luego como un bálsamo profundo: “Las ventas tendrían menos probabilidades de disminuir, y la misma experiencia de realizar una venta podría reforzar su confianza en sí misma “. Su capacidad para controlar y canalizar sus emociones negativas cosechará recompensas económicas y morales. Además, ¿qué opción tiene si quiere conservar su trabajo y ganarse la vida?

EMOCIONES Y POLÍTICA – Crítica

El trabajo emocional, que aleja a los trabajadores de sus sentimientos internos, renueva el ámbito aparentemente privado del yo como una extensión de los intereses sociales y corporativos. Estas incursiones plantean la cuestión de cuánto se origina una emoción y en qué medida pertenece únicamente al individuo. ¿Las capacidades naturales de las personas para la empatía y la calidez son cooptadas por las estructuras impersonales del mercado? ¿O las personas reproducen exactamente las sonrisas y las líneas que les dan la publicidad, los programas de capacitación y los guiones de hospitalidad? Sólo una cosa parece segura: cuanto más experimentamos el trabajo emocional como una exhibición fingida más que como un sentimiento verdadero, mayor es nuestra angustia psicológica. “Cuando el trabajo requiere la visualización, generalmente se siente que tiene que cambiar”, escribe Hochschild. Para el trabajador individual, hay muchas razones para creer en el guión que recita. No gana nada y lo arriesga todo al afirmar su libertad.

Si bien mantiene a ciertos tipos de trabajadores ansiosos y dóciles, el concepto de inteligencia emocional también hace que las vidas emocionales y las condiciones laborales de los trabajadores no relacionados con el servicio sean totalmente irrelevantes. Uno ve esto en la gama limitada de jugadores en las historias de éxito de Goleman; los emocionalmente inteligentes siempre parecen ser gerentes, ingenieros, consultores, médicos, abogados y profesores. Para él, la única pregunta relevante es quién saldrá en la cima: “el jefe manipulador, luchador de la jungla” o “el virtuoso en habilidades interpersonales” que abraza “administrar con corazón”. Su lector implícito es alguien capaz de “dejar las pequeñas preocupaciones: salud, facturas, incluso hacerlo bien”; alguien para quien “ir a la quiebra” es tan improbable como “un ser querido que muere en un accidente aéreo”. No importa que la probabilidad de declararse en quiebra personal es tan alta como uno en doscientos, mientras que la probabilidad de perder a un ser querido en un accidente aéreo es de uno en once millones. En el universo de Goleman, ambos son igualmente impensables.

El tiempo no ha sido bueno para la “inteligencia emocional” y ahora es un blanco demasiado fácil para las críticas. Pero también es a prueba de críticas: las ideas que lo animan están en todas partes y su atractivo es difícil de negar. Después de todo, ¿qué podría ser objetable en pedir a las personas que se cuiden unas a otras y sean conscientes de cómo sus acciones afectan a los demás?

Quizás la mejor respuesta sea reinventar el concepto en una forma que muestre lo que hay debajo de él. Imagine “Inteligencia emocional” y los libros que se derivan de ella como juegos de moralidad para una era secular, presentados ante audiencias de profesionales principalmente blancos. En un teatro que no admite luz ni sonido del mundo exterior, el público observa cómo obreros y delincuentes pobres y sucios son empujados al escenario para disparar a sus hijos y apuñalar a sus maestros. Pinchados por los vicios enmascarados de la ira, la depresión y la ansiedad, avergonzados por las virtudes veladas de la empatía, la atención plena y la razón, los jugadores no tienen ninguna posibilidad de salvación. Las lecciones de inteligencia emocional no son de ellos para aprender.

Cuando cae el telón, los miembros de la audiencia se miran unos a otros para hablar en voz baja sobre cómo enseñar a sus hijos a evitar ese destino, cómo vivir felizmente en un mundo en el que seguramente uno se verá incomodado por los impulsos violentos de los demás. Incluso desde la primera fila, no pueden ver que las máscaras y velos esconden una realidad en la que no son más libres que los jugadores a los que condenan. Retirar la máscara sería descubrir una impotencia que todos comparten. Y podría permitir que la audiencia y el elenco se levanten juntos, enfureciéndose en el grado correcto, en el momento correcto, con el propósito correcto y de la manera correcta, hacia las personas adecuadas, que lo han hecho durante los últimos veinticinco años. años, les vendió algunas de las ideas más seductoras y silenciosamente represivas de la historia reciente. ♦

Publicado en la edición impresa del número del 19 de abril de 2021 , con el título “La política del sentimiento”.

Merve Emre , profesora asociada de inglés en la Universidad de Oxford, publicará ” The Annotated Mrs. Dalloway ” en agosto de 2021.

Select your currency
USD Dólar de los Estados Unidos (US)